¿Qué papel están jugando las innovaciones pedagógicas? ¿Quiénes son los verdaderos enemigos de la enseñanza y el conocimiento? Decía Steiner que educar es “poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano”. Sin llegar al sentido de trascendencia impostada del que algunos presumen y que atribuye al oficio de enseñar un cierto halo de mesianismo más propio de telepredicadores que de profesores, no se puede discutir la función social de la escuela y la importancia de la labor docente, una importancia que proviene de las consecuencias (a veces imperceptibles a primera vista, pero siempre sustanciales) de la misma, y también de la seriedad que requiere. Seriedad como sinónimo de rigor más que de solemnidad, y como ejercicio de humildad, porque quien enseña no es más que una correa de transmisión entre el saber y la cultura y sus alumnos. Si tuviéramos esto claro, probablemente sería innecesario insistir en la necesidad de clarificar conceptos que, por evidentes, no deberían necesitar de ninguna aclaración ni defensa. El conocimiento ha de ser el centro de la educación. Y para alcanzar el propósito de formar, alfabetizar, culturizar y sensibilizar a los jóvenes parece imprescindible concentrar los esfuerzos en aquello que mejor ayude a lograr tal objetivo, desechando todo lo que sea superfluo, innecesario o perjudicial.